El yelmo duerme sobre altares de mármol,
mientras el pan aprende a dividirse.
Desde aquel ochenta y uno,
las urnas aún mastican el mismo polvo.
Bajo balcones de himnos,
halcones vestidos de palomas
predican una paz armada,
diplomacia de fachada
con el rifle escondido entre las alas.
Las campanas conocen los nombres,
pero doblan por el viento.
Y el pueblo,
descalzo de esperanza,
sigue buscando una espada
donde el acero olvidó
que primero debía guardar la mente.

En respuesta a Escribir Jugando. Julio ’26 de Lídia Castro Navàs








